Günter Wallraff ha diseccionado, de forma encubierta, la Alemania oculta en cientos de reportajes
Periodismo para desenmascarar la injusticia
Blanche Petrich y Alma Muñoz. La Jornada
I Parte
Un hombre se encadena en un poste de luz en el centro de Atenas para protestar por los presos políticos, la falta de libertades, los atropellos del gobierno. Es 10 de mayo de 1974, plena dictadura de la junta militar fascista griega. En cuestión de minutos aparece la policía y lo apresa. Lo torturan. El hombre había tomado medicamentos para soportar lo más posible el dolor. Cuando los verdugos empiezan a arrancarle la primera uña de un pie habla. “Confiesa” que se llama “Hans” Wallraff y que se solidariza con la oposición antifascista. Es encarcelado.

Las autoridades no sospechan siquiera que han metido a sus calabozos a un reportero encubierto. Su primer nombre, en realidad, es Günter. Amigo de exiliados griegos en Alemania, el “periodista indeseable” formaba parte del Comité de Solidaridad con los disidentes helenos y había descubierto la colaboración secreta del gobierno alemán con la junta castrense en Atenas.

Empieza el juicio en su contra. Enfrenta una condena de al menos dos años. En su comparecencia ante los jueces –todos militares– los insulta: prostitutos de la CIA que tienen más tanques que cerebro, dinosaurios en uniforme, les dice. Los saca de sus casillas. Después logra hacer llegar al extranjero, clandestinamente, las transcripciones del juicio que se transmiten, íntegras, por la BBC de Londres y la Deutsche Welle. El gobierno le reduce la sentencia a 14 meses; tiene prisa en expulsar a Wallraff de Grecia.

El resultado de esta acción es el documental El fascismo de al lado, golpe mayúsculo para la dictadura, socia de las democracias de la OTAN.

Como un moderno Till Eulenspiegel –popular bufón de la literatura medieval germana que se burlaba y sacaba al sol los trapos sucios de la aristocracia–, el periodista encubierto se ha inventado decenas de personajes como éstos y ha lanzado decenas de acciones de wallraffeo, verbo que ha sido incorporado al diccionario alemán. Estudia largamente su rostro y el papel que va a asumir. Crea cuidadosamente su leyenda. Se maquilla y se prueba decenas de pelucas y anteojos, se mete en el rol, como un actor consumado. “Sé que ya estoy dentro de mi papel cuando empiezo a soñar con ese otro yo. Generalmente son pesadillas de que descubren mi verdadera identidad antes de tiempo.”

Su tema central es la injusticia. Su obsesión, quitarle la máscara a la hipocresía del sistema laboral alemán. “La Constitución alemana –explica– tiene una orientación muy humanista, siendo el país donde se cometió el peor crimen contra la humanidad. El primer artículo establece que la dignidad del hombre es intocable. Pero en la realidad, hay dos Alemanias.”

La oculta, la de abajo, ha sido diseccionada en centenares de reportajes bajo su firma. Cabeza de turco, como se conoce en español su experiencia como obrero turco en el complejo automotriz de Thyssen (Ganz Unten, hasta abajo, es su nombre en alemán) y El periodista indeseable son los únicos libros suyos que circulan en México.

Cada rol, cada nuevo engaño a la clase patronal, ha generado un reportaje de implacable denuncia, uno y varios libros, documentales y próximamente una película. Inevitablemente, también provoca largas, costosas y tediosas sesiones frente a los jueces.

Titulares a modo
En algún lugar de Alemania, una mujer se suicida. El tabloide sensacionalista Bild Zeitung se solaza con la historia: “Por una depresión primaveral, afanadora se mata con su propio martillo”. Su marido, acosado por las burlas de sus vecinos y la hostilidad de la familia de su mujer, que considera que la ridiculizó públicamente, también se suicida. ¿Cómo reporteó Bild esta historia? Pues enviando a sus reporteros, disfrazados de policías, a interrogar a los familiares.

Desde la redacción, alguien descubre cómo el drama de la mujer es distorsionado en la mesa de redacción para ajustarlo a un titular más llamativo. En realidad, la mujer se había ahorcado, víctima de una crisis depresiva.

Como esta, decenas de historias falseadas destruyen vidas y reputaciones de los ciudadanos. Pero Bild vende más de un millón de ejemplares cada semana. Hasta que un día, sin saberlo, mete al enemigo en casa. Contrata a un reportero con un nombre falso, que además de cumplir órdenes tramposas y sucias de su editor, investiga las entrañas de esta publicación. Al cabo de un año, sale a la luz pública El titular. Autor: Günter Wallraff.

Se inició uno de los juicios legales más prolongados y escandalosos por difamación, usurpación de identidad, allanamiento de morada y varios cargos más. Wallraff debe pagar miles de euros para sostener su alegato legal: que la casa Springer Presse, que publica el diario, comete asesinato moral.

Diez años después publica otro libro más: El manual de Bild. Las nuevas denuncias superan al libro anterior, ya que a lo largo del proceso, recibe decenas de cartas de personas que han padecido el manejo amarillista de la revista. Cuando gana el juicio, Wallraff financia a varias víctimas de difamación en otras tantas demandas legales. El libro va en su undécima edición y cada versión contiene nuevas denuncias.

Porque este es uno de sus principios: dar seguimiento en sus casos; ser un actor y partícipe de las crisis que provoca hasta las últimas consecuencias.

Engañar a cambio de un salario
Una mañana cualquiera, Michael G. llega a su trabajo, el call center “ZIU Institut”, en una torre de oficinas en Colonia. Ha recibido un intensivo entrenamiento por parte de sicólogos que le han enseñado cómo engañar con éxito: hablar sin parar, someter al cliente potencial a una tormenta de ideas con cortes rápidos de un tema a otro para impedirle pensar con claridad. Jamás pedir datos de manera directa. Ejemplo: nunca diga ¿me da el número de su cuenta bancaria? En su lugar diga: “Bien, ahora vamos a tomar sus datos”. Poco a poco la víctima se ve envuelta en el engaño. Puede ser que del otro lado de la línea esté un jubilado a punto de comprometer todo lo que le queda de fondos para terminar su vida. No importa. Se le paga por número de clientes engañados.

Menos mal que Michael G., que en realidad es Wallraff, apunta los números de sus víctimas y por la noche, desde su casa, les vuelve a llamar para aconsejarles cómo retractarse de las compras inútiles y contratos abusivos. Cuando sale el documental, ZIU lo demanda por usurpación de funciones y personalidad. Él se declara culpable. En medio del escándalo transcurre el juicio. La oficina del consumidor lo declara “un caso no grave”. El dueño de la empresa reconoce: “Sí, mi negocio se basa en el engaño. Pero otros engañan más que yo.” Finalmente, pierde y tiene que pagar una multa de 750 mil dólares. Se le ordena cerrar el call center. Se va de Colonia pero se instala en Turquía, España, Holanda y la India. Desde ahí sigue vendiendo mentiras.

El periodista encubierto revela que los empleados de este tipo de compañías, en su mayoría estudiantes que así pagan sus carreras, no soportan la presión de la mala conciencia y que 80 por ciento abandona el empleo antes de año y medio con síndrome de burn out (desgaste) o adicción a alguna droga.

Napalm y los buenos católicos
Durante los años de la guerra en Vietnam, un fabricante de sustancias químicas –Wallraff, naturalmente– recibe una oferta, un contrato muy jugoso (falso) a cambio de fabricar napalm para subcontratistas del ejército estadunidense. El hombre es muy católico y entra en conflicto. Para lavar su conciencia, consulta con varios clérigos y teólogos, gente de la alta jerarquía, incluso funcionarios del Vaticano. Todos –excepto dos– le aconsejan firmar el contrato. Uno de ellos alega: “Mire, mi obispado tiene grandes viñedos. ¿Qué culpa tenemos nosotros si el vino de esas uvas lo venden y beben las prostitutas en los bares de mala muerte?”. Otro asegura que el napalm ayudará a acortar la guerra. “Lo malo, claro, es que entre los vietnamitas hay algunos buenos católicos. Bueno, pero ya llevaremos obras de caridad a esa gente, con sus donaciones, por supuesto”. Solamente un joven capellán de Francfort y un teólogo suizo le dijeron: “No lo haga, es un crimen”.

II Parte
De la mejor tradición del periodismo germano, Günther Wallraff es, ante todo, un incansable narrador de historias. En un taller de periodismo ofrecido durante esta su primera visita a México, engarza una tras otra sus acciones como periodista encubierto. Esta es una de las más increíbles.

Se la debe, dice, a un pastor alemán. Data de los días posteriores a la revolución de los claveles (1975), en Portugal. Había escuchado que un grupo de militares del viejo régimen organizaba una contrarrevolución en el norte del país. Y hacia allá se fue con una amiga. Entraron a un bar donde se reunían los fascistas. En la barra había un hombre con un perro echado a sus pies. La amiga se acercó a hacerle plática al dueño del can, quien resultó ser un activista de la ultraderecha. Ellos se presentaron como partidarios del bávaro Franz Josef Strauss, sin saber que en esos días el viejo partido nazi alemán apoyaba la conspiración contra la revolución portuguesa. El activista contrarrevolucionario se tragó el embuste y se abrió. Con él viajaron a las montañas del norte y visitaron los campamentos de conspiradores.

Ya de regreso a Alemania, Wallraff recibió una llamada inesperada. Su “contacto” portugués le anunció la llegada del “general Walter”. A toda prisa, el reportero indeseable armó su “grupo de ultraderecha” con un conjunto de amigos. Cuando fueron al aeropuerto a recibir al conspirador portugués, su sorpresa fue mayúscula: el tal “Walter” era nada menos que el general António de Spínola, alto militar de la dictadura salazarista. Iba a Alemania a comprar armas para la sublevación. Durante las falsas negociaciones que escenificaron Wallraff y sus amigos, obtuvieron una detallada lista de objetivos terroristas, participantes en el complot y, efectivamente, la confirmación de la participación de Strauss en el plan. El libro La revelación de la conspiración portuguesa fue un escándalo político mayor. El primer ministro Willy Brandt responsabilizó a Strauss. Suiza encarceló a De Spínola, y Wallraff sumó un bestseller más a su lista en 1976.

“Subgénero literario”
En la clasificación de los germanos, los géneros literarios no se dividen en textos de ficción o no. Catalogan lo que llaman “alta literatura” y “subgéneros literarios”. Y el trabajo documental de Wallraff lo ubican en este último.

“Sí –dice el periodista indeseable–, vengo de la tradición narrativa germana. Más allá de wallraffear (personificación, enmascaramiento o encubrimiento para penetrar en ámbitos hostiles), lo que me importa es contar historias. Al sentarme a escribir, mi desafío es dominar el arte de la acción. Tengo que ser un investigador riguroso, reunir datos y pruebas documentales de todo lo que quiero denunciar y sacar a la luz. Es indispensable, porque sé que después tendré que enfrentarme ante los tribunales a mis acusadores, quienes tratan de desmentirme y destruirme. Pero la documentación rigurosa no impide que vuelque mis sentimientos, emociones y opiniones en los escritos. Y cuando termino, no me lavo las manos y me voy. Me quedo a ver qué pasa.”

Sigue –explica– un precepto de Bertold Brecht; “las historias deben tener impacto en la realidad. Es como jugar ajedrez: hay que provocar al enemigo, obligar al malvado a salir de su madriguera para exponerlo. La diferencia es que esto es mucho más que un juego. Hay consecuencias y costos que pagar”.

En su caso, el costo son las múltiples demandas penales y las campañas de linchamiento que ha tenido que enfrentar. A menudo la prensa comercial ha colaborado alegremente en la difamación del autor. Como el titular que publicaron los periódicos de la editora Axel Springler –su archienemiga– en 2003: “Wallraff colaboró con la Stasi”, la policía secreta del régimen comunista de la Alemania Democrática (RDA). Se trataba de expedientes desclasificados que, antes de ser entregados al comunicador afectado o a las autoridades correspondientes, fueron filtrados a la prensa. Wallraff tuvo que librar una larga batalla legal para obtener copias de los expedientes para elaborar su defensa.

Finalmente pudo demostrar ante los jueces que nunca colaboró con ese aparato represivo, sino que, por el contrario, había intentado investigar del otro lado del muro los archivos que contenían pruebas sobre políticos nazis con cargos políticos en la República Federal Alemana y la situación de los presos políticos en la RDA, por lo que él había sido víctima de espionaje y censura.

Todo ello sin dejar de reconocer que considera vivo y vigente el pensamiento de Karl Marx, aun a la luz del mundo actual. “Leí su obra muy joven y creo que sus análisis son muy lúcidos, aunque no comparto sus profecías por esquemáticas. Me alejé de las modas de los izquierdistas de mi generación y siempre he pensado que si Marx viviera, hubiera condenado las atrocidades que se cometieron en su nombre.”

En otra época se sintió más cerca de la socialdemocracia alemana. “Porque Willy Brandt fue un político excepcional; ningún otro gobernante ha estado a su altura. Lamentablemente, el Partido Social Demócrata cortó las raíces de esa tradición. Basta ver lo que hoy día es Gerhard Schroeder, el ex primer ministro, ¡socio de Vladimir Putin en la empresa de Gazprom! ¿Medio raro, no?”

El siquiátrico desde adentro
Un día, una mujer llama a la policía para denunciar que su marido, un alcohólico violento, la va a agredir, y pide que el hombre sea encerrado. Al poco tiempo llega la ambulancia y se lo lleva al hospital siquiátrico. El paciente es Wallraff, quien desea conocer la dura realidad de los manicomios desde adentro. La mujer, su esposa, cómplice en la nueva “acción” wallraffeana.

Nunca imaginó qué tan dura sería su vida en los meses siguientes, evitando tomar los sedantes, compartiendo la sordidez con todo tipo de enfermos mentales –graves y no tanto– en manos de médicos insensibles y enfermeros sin capacitación. Fue tan intensa la experiencia, que el reportero cayó en una fase depresiva real. Cuando su esposa lo quiso rescatar ya no lo dejaban partir, pues en efecto había enfermado.

Hoy Wallraff se ríe: “recomendaría a quien quisiera hacer algo parecido que antes vaya a firmar un acta ante notario que certifique que está sano”.

Wallraff ha sido monje en un convento de Baviera, alcohólico en un siquiátrico, inmigrante del sur en el norte racista, traficante de indocumentados, fabricante de armas, peregrino en Nicaragua, preso político en Grecia, obrero en media docena de fábricas, portero y chofer. No ha conseguido todo lo que ha deseado. Quiso ser negro en Soweto, pero fue disuadido. Quiso entrar al partido nazi, pero fue rechazado. Lo descubrieron antes de tiempo. También se quiso emplear en la IBM. No lo aceptaron. Hoy, a sus 66 años, sigue probándose disfraces, realizando deportes extremos, defendiendo siempre a los más débiles, alérgico a la high society. Ahora tiene a México en la mira. Quiere involucrarse en la protección del gremio, acorralado por las guerras del crimen organizado.

Porque Wallraff cree a pie juntillas en un dicho de Bertold Brecht: “el crimen tiene nombre y dirección”.